La corrección es uno de los ingredientes esenciales que más brilla por su ausencia y que es sin embargo de la mayor necesidad en la Iglesia hoy. Los hay que intentan evitar la corrección escondiéndose tras una falsa aplicación de las palabras de Cristo: «No juzguéis, para que no seáis juzgados» (Mt. 7:1). Se olvida con mucha comodidad que estas palabras fueron dichas por el mismo que advirtió a los judíos: «No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio» (Jn. 7:24), que nos mandó juzgar el fruto de los profetas (Mt. 7:16), y que prometió a sus discípulos que se sentarían sobre tronos para juzgar a Israel (Mt. 19:28).
Parece claro, por el contexto y el conjunto de las Escrituras, que Cristo nos estaba advirtiendo que no juzgásemos los motivos de los demás, porque nos están ocultos. Hemos de darle la mejor interpretación posible a lo que los otros dicen y hacen, sin juzgar sus corazones, que sólo Dios conoce. Sin embargo, sí debemos juzgar doctrinas y acciones.
La enseñanza pública de falsas doctrinas y el pecado público conocido han de ser, ambas cosas, objeto de pública reprensión. Pablo recordó a Timoteo: «A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman» (1 Ti. 5:20).
Pablo escribió a la iglesia en Corinto: «Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen» (1 Co. 14:29). La enseñanza pública, sea en sermones o en cánticos o por la operación de los dones del Espíritu, ha de ser juzgada públicamente tocante a su autenticidad y precisión bíblicas. Esto debería ser llevado a cabo por el pastor y los ancianos cuando se da la enseñanza en la comunión local, aunque esto pocas veces sucede.
Pero es aún más esencial que se juzgue la enseñanza que se da en los poderosos e influyentes medios de comunicación —radio, televisión, revistas y libros— y que si se encuentra falta en ellos, sea públicamente corregida. Esto vale para este libro y su autor lo mismo que para los demás.
Pablo consideró necesario y apropiado mencionar públicamente a Himeneo y a Fileto debido a la falsa doctrina que enseñaban públicamente y con la que «trastorna[ba]n la fe de algunos» (2 Ti. 2:17, 18). ¡Cuánto más esencial no sería la corrección pública si unos modernos Himeneos y Filetos que fuesen autores de gran venta o populares presentadores de la televisión cristiana estuviesen extraviando a millones!
En lugar de dar prioridad a proteger las reputaciones de aquellos cuyas enseñanzas pudiesen ser públicamente cuestionadas, ¿no deberíamos más bien preocupamos por los miles y quizá millones de personas sobre las que influyen? Una actitud así debería caracterizar a cada líder que sea verdaderamente un hombre o una mujer de Dios.
Los que tienen el control de la mayor parte de la programación de radio o televisión generalmente rehúsan permitir en sus estaciones o redes a líderes cristianos que pondrían sus posturas en tela de juicio.
Además, en lugar de juzgar dentro de sus propias filas, como dicen las Escrituras que se debe hacer, deploran la corrección como algo «divisivo», y en lugar de ello predican la «unidad», una «unidad» sin embargo no fundamentada en la verdad sino en el acuerdo a no estar en desacuerdo unos con otros. Se habla mucho del amor, como si esto eliminase la corrección.
Sin embargo, la Biblia enseña que el amor habla la verdad (Ef. 4:15), lo que bien pudiera ser «negativo». El verdadero amor corrige a los que ama: «Porque el Señor al que ama, disciplina» (He. 12:6). Jesús mismo declaró: «Yo reprendo y castigo a todos los que amo» (Ap. 3:19). ¡No es sorprendente que Salomón dijese: «Corrige al sabio, y te amará» (Pr. 9:8)! El sabio desea y acoge con gratitud la corrección y ama al que le corrige, no considerando la reprensión como un «ataque», sino un acto de bondad. Inspirado por el Espíritu Santo, Salomón dijo: La reconvención es molesta al que deja el camino; y el que aborrece la corrección morirá. No reprendas al escarnecedor, para que no te aborrezca; corrige al sabio, y te amará. El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia… pero los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza (Pr. 15:10; 9:8, 10; 1:7).
Hunt, Dave. Más allá de la seducción. Regreso al cristianismo bíblico. Portavoz : Grand Rapids, 1987. pp. 38-40.
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