Si ha de haber un regreso al cristianismo bíblico, entonces nadie en la Iglesia puede reclamar ser inmune a la corrección. Desafortunadamente se ha desarrollado una forma de guruísmo cristiano que ha situado a ciertos líderes sobre un pedestal de infalibilidad. Cuestionar cualquier cosa que digan o hagan es considerado como «tocar» al «ungido del Señor», lo que estaba prohibido en el Antiguo Testamento tanto por ejemplo como por precepto. Los violadores de este precepto caían bajo el juicio de Dios. El salmista escribió: No consintió que nadie los agraviase, y por causa de ellos castigó a los reyes. No toquéis, dijo, a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas (Sal. 105:14,15).
Las dos palabras, agraviar y hacer mal en este pasaje, dejan en claro lo que significa Dios al decir: «No toquéis a mis ungidos.» Nada tiene que ver con una legítima corrección, que Dios en su amor desea para todos, y especialmente para sus «ungidos».
En el Israel del Antiguo Testamento, los profetas, sacerdotes y reyes eran «ungidos» a estos oficios al derramarse sobre ellos el especial «aceite perfumador» de la unción, después de lo cual eran conocidos como «ungidos del Señor». Estos tres cargos y funciones de profeta, sacerdote y rey iban a encontrar su cumplimiento último en el prometido Mesías. De hecho, el título Mesías, del que Cristo es la traducción griega, significa literalmente «el ungido».
En el Nuevo Testamento, los seguidores de Cristo son identificados con Él de manera tan estrecha que, como miembros de su cuerpo, la Iglesia, cumplen en su nombre estos tres oficios de profeta, sacerdote y rey. Cada cristiano es un «ungido» porque Cristo, que es el Ungido, ha venido a vivir en nosotros y nosotros somos uno en Él. Y es esta «unción» del Espíritu Santo lo que nos guarda de ser seducidos por las mentiras de Satanás, si sólo prestamos atención a su guía. Juan dijo:Os he escrito esto sobre los que os engañan. Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él … para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados (1 Jn. 2:26-28).
Signifique lo que signifique «no tocar» a los ungidos del Señor, se aplica a cada cristiano, y no meramente a unos pocos grandes líderes.
¿Qué es lo que significa?
El término es empleado por primera vez por David con referencia al rey Saúl. Perseguido por Saúl y su ejército, David y sus hombres estaban ocultándose en una cueva cuando Saúl entró para descansar en ella. Los hombres de David le apremiaron a que matase a su perseguidor, razonando que desde luego Dios había entregado a su enemigo en sus manos, tal como había sido profetizado. David estaba a punto de seguir el consejo de ellos cuando «se turbó [su] corazón», y dijo a sus hombres: «Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová, que yo extienda mi mano contra él» (1 S. 24:6).
Más adelante tuvo lugar un incidente similar en el que David hubiese podido dar muerte a Saúl, pero de nuevo resistió a la tentación, diciendo: «¿Quién extenderá su mano contra el ungido de Jehová, y será inocente?» (1 S. 26:9). El «agravio» y el «mal» a que se hace referencia en la prohibición del Salmo 105 en contra de tocar a los ungidos del Señor habrían sido, en el caso de David, dar muerte al rey.
Difícilmente se podría justificar con esta frase del Antiguo Testamento la postura de que no debemos atrevernos a cuestionar las enseñanzas de un líder cristiano. En estas dos ocasiones, aunque David no «tocó» a Saúl (no le dio muerte), ¡sí que reprendió públicamente al «ungido del Señor» delante de todo el ejército de Israel y de sus propios hombres! Por lo tanto, una aplicación apropiada de esta Escritura demandaría de nosotros que también reprendamos públicamente a los «ungidos del Señor» por hacer o decir lo que no debieran. Los líderes de Israel, tanto si se trata de profetas como de sacerdotes o reyes, fueron a menudo reprendidos públicamente por los llamados por Dios para hacerlo.
Pablo reprendió con razón a Pedro en público. «… dije a Pero delante de todos…» (Gá. 2:14). Por su ejemplo público, Pedro había hecho extraviar a muchos. Habría sido totalmente impropio para Pablo haber tratado esto con Pedro de manera privada. No era una cuestión que tuviese que ver con Mateo 18:15 («Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos…»). Pedro no había ofendido a Pablo personalmente, sino que había llevado a la iglesia al extravío. Por lo tanto, Pablo estaba no sólo obligado a corregir a Pedro, sino a hacerlo de forma que corrigiese la situación que el error de Pedro había causado en la iglesia.
Cada cristiano como 'ungido del Señor'; tiene hoy en día la misma obligación. Establecer una clase de líderes de élite cuyas enseñanzas y acciones no puedan ser cuestionadas es dar el primer paso en dirección a una secta.
Hunt, Dave. Más allá de la seducción. Regreso al cristianismo bíblico. Portavoz : Grand Rapids, 1987. pp. 41-43.
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