Un latinoamericano (exceptuando los argentinos) lee esto de los besos de David y Jonatan (1S 20:41) y tomará una de dos reacciones: si es un homosexual o alguien de avanzada dirá “¿y qué tiene de malo? ¡Deje los prejuicios!” Si no lo es, dirá: “¿y estos tipos qué? Eso está como raro.”
Lo anterior es un pequeño ejemplo de lo que ocurre con la lectura de la Biblia; la leemos desde nuestras presuposiciones. No puede ser de otra manera; sólo podemos leer así. Sin embargo, el lector debe cuidarse de violar el texto. Si bien la subjetividad es inevitable, no estamos condenados al subjetivismo, por muy de moda que esté y por muchos nombres sofisticados que se le pongan en inglés o francés: “reader-response criticism”, “différance”, “deconstruction”. Resulta chistoso ver a los defensores de estas ideas hablar de sus malos intérpretes.
Otro ejemplo: Si un juzgado por medio de una sentencia le impone a un padre irresponsable una suma mensual para pagar la manutención de los hijos que abandonó, ese padre no es libre de interpretar el documento a su antojo. Mientras interpreta los hijos se mueren de hambre. Las autoridades lo sacarán de dudas con un embargo o una encarcelada y le preguntarán: “¿qué fue lo que no entendió?”
Los libros de la Biblia se escribieron desde una cosmovisión y cultura específicas, en circunstancias históricas concretas, para personas reales en situaciones de vida particulares. No siempre es posible determinar cada cosa con exactitud, pero esa es precisamente la tarea del intérprete: ir más allá de la mera intuición. Llegar a la Biblia es como llegar a otro país. Hay costumbres comunes, otras sospechosas y algunas que no entendemos. Uno no se da cuenta de eso con la Biblia porque la lee traducida; lo entiende todo (piensa el lector) y no escucha ningún acento, porque él mismo es el que lee.
Pero cuando uno está en otro país, especialmente si allí se habla otro idioma, notará diferencias: observará que en un país la gente en el tren no te mira, en el otro te miran demasiado; una mujer se ofende si un hombre le abre la puerta, otra si no se la abre; en un país la gente religiosamente respeta las señales de tránsito, en otro no existen o se ignoran por completo; cuando comen, unos eructan en señal de satisfacción, otros casi ni mueven la boca; hay gente que en vez de hablar grita, a otros ni se les oye cuando hablan; hay países donde los hombres se saludan de beso, en otros apenas le dan a uno la puntica de los dedos. Eso es la cultura. El extranjero no puede asumir mucho ni criticar tanto.
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