“¡Ay no!, ¡se me quedó el cargador! ¿Me prestas el tuyo? ... ¡Ay! ¡Pero no me sirve, es de otra marca! ¡Qué voy a hacer!” ¿Le suena familiar? Así pasa con los celulares una vez descargada la batería; no tener el cargador equivale a no tener teléfono. ¡Ni qué decir de no tener minutos! Mientras los fabricantes de celulares se ponen de acuerdo en producir un cargador universal, seguiremos teniendo experiencias como la de las diez vírgenes [1] que esperan al novio durante la noche. Cinco dijeron: “No traje el cargador, ¿Me prestas el tuyo?” Se les había acabado el cargador de aceite de oliva para sus lámparas.
Con los celulares, si nos quedan pocos minutos y el tiempo para cargar la batería es escaso, la generosidad y el desprendimiento no serían sensibilidad, sino estupidez pura. Así pensaron cinco de las diez vírgenes que esperan la llegada del demorado novio (Mt 25:1–13; cp 1 Mac 9:37–39). Cosa rara; para nosotros el glamour está en que se demore la novia. En todo caso, este novio se demora tanto que las vírgenes que lo esperan se duermen.
Al demorar demasiado el novio, el aceite se agota, las lámparas se apagan y quien no tenga cargador queda descalificada. Esto supone dos cosas: que hay que esperar con las lámparas encendidas, y que se debe llevar recarga por si el novio se demora.[2] Así se evita que mientras una va a comprar aceite, llega el novio, entra al banquete con las que estén listas, y cierran la puerta. Se necesitan lámparas encendidas para cuando llegue el novio hacerle un gran recibimiento.
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