lunes, 23 de agosto de 2010

1 Timoteo 2:8 "...levantando manos santas..."

«Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas». 1 Timoteo 2.8 Cuando Pablo escribió este versículo, no lo hizo para establecer el mandato de levantar las manos sino para recordar a los hombres de la necesidad de que cuando levanten sus manos al cielo, éstas deben ser santas. Por supuesto, al referirse a las manos se está refiriendo a toda la persona. En el contexto presente la palabra «santas» parece indicar tanto la parte moral como la espiritual. Si tenemos pecados sin confesar en nuestras vidas no podemos esperar una respuesta de Dios a nuestras oraciones (Salmos 66.18).

Lo importante no es el participio «levantando» sino el adjetivo «santas». Es decir, lo principal no es la postura del cuerpo sino la condición del corazón.

Levantando manos limpias—Los cristianos primitivos volvían la palma de la mano hacia el cielo, como los que ansían ayuda, como por ejemplo, Salomón (1 Reyes 8.22; Salmos 141.2). Los judíos se lavaban las manos antes de orar (Salmo 26.6). Pablo figurativamente (véase Job 17.9; Santiago 4:8) usa aquí un lenguaje que se refiere a esta costumbre: En Isaías 1.15, 16. Lit., «manos santas», manos que no han cometido impiedad, pero que han cumplido todo deber sagrado. Esto (o por lo menos el deseo contrito de ser así) es calificación necesaria para la oración eficaz (Salmos 24.3, 4).

En nuestro pasaje esta postura de las manos es mencionada como un hecho y no como un mandamiento acerca de cómo orar.

Los hombres son santos cuando son apartados para la obra de Dios. Pero también son santos cuando evitan toda clase de acto pecaminoso y en su lugar viven vidas que agradan a Dios. Por lo tanto, el sentido de este pasaje podría explicarse de la siguiente manera: «Los hombres que viven vidas que son agradables a Dios y levantan sus manos…».

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